SC odia a Dickens. Su heterónimo, PN, prefiere no detenerse a olisquear
debajo de la alfombra de la literatura y odia toda referencia a sí mismo y a su
heterónimo SC en cualquier película que se estrene en Navidad o alrededores;
guarda su entusiasmo para las secuelas de la saga de Star Wars. SC, o PN,
también odia – u odian – la multiplicación que ocurre con su persona entrado el
mes de diciembre y piensa – o piensan – que el heresiarca de Uqbar estaba en lo
cierto al sentenciar que la cópula y los espejos son abominables pues
multiplican el número de los hombres; se hace necesario incluir las navidades
en la sentencia, por lo menos en lo que a él – o ellos – respecta. Puestos a
pensar una solución para el desaguisado (en esto funcionan al unísono), urden
un plan temerario y, por lo tanto, factible: destruir todas las copias
apócrifas de SC y su doble PN. La ejecución parece requerir sobre todo de una
planificación cuidadosa y de una logística aceitada. Sin otras opciones disponibles
comparten su plan con un modesto rebaño de renos árticos en los cuales confían
gracias a su capacidad de visión extendida al ultravioleta próximo, algo de lo
que se enteran gracias a Wikipedia. Se lanzan a un raid planetario de
destrucción masiva de impostores, aquejados por la culpa de cargarse con
imitadores con seguridad inocentes. Por prevención evitan compartir cualquier
imagen o comentario en las redes sociales pues no se trata de alardear sino de
poner las cosas en su lugar. Descartan, en algún momento de la ejecución, la
contratación de sicarios o mercenarios como ayuda pues comprenden que en la
vida hay empresas que deben hacerse en solitario, y ésta es una de ellas. Para mediados
de mes el progreso es notorio; sin embargo, y siempre hay un sin embargo, advierten
que fallaron en prever la consecuencia evidente de sus acciones: el engranaje
navideño no se amedrenta con matanzas o desapariciones y genera copias de
copias con la velocidad apropiada para mantener el espectáculo. El trabajo,
entonces, se multiplica y la planificación se sale de cauce, deben aumentar el
ritmo de exterminio si es que quieren cumplir con su cometido. La siguiente
semana es frenética, agotadora, y aun así la meta se hace cada vez más
inalcanzable; como hongos se multiplican los impostores, salen de lugares no
imaginados. Un periódico de los Estados Unidos se hace eco de la situación y
llama a sus lectores a combatir tamaña insolencia, los insta a resistir
disfrazándose de copia; el llamamiento es replicado por miles de publicaciones
en cada rincón del mundo y en un santiamén las calles se llenan de imitadores.
PN y SC advierten que su plan se ha complicado en demasía y convocan a una
reunión de urgencia con los renos para rediseñar la estrategia de implementación.
La solución, la única, es audaz y heroica, pero también inexorable: eliminar el
original. Debaten si es necesario hacerlo con ambos o sólo uno de ellos, pero la
discusión es baladí: cualquiera sea el original, con él se marcha el
heterónimo. Esta vez deciden que la noticia debe ser difundida con amplitud y proceden
a abrir cuentas en cuanta red social esté disponible. Llegada la hora optan por
hacer un brindis final con una bebida cola, que toman de un largo sorbo. Segundos
después SC y PN, PN y SC se eliminan entre sí. Afuera, los imitadores, las
copias de las copias, los impostores continúan con su rutina habitual,
comprando regalos y prometiendo a los niños que en Navidad, PN o SC vendrán a
dejarlos al pie de los árboles plagados de luces que titilan.
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