jueves, 5 de enero de 2017

PN y SC

SC odia a Dickens. Su heterónimo, PN, prefiere no detenerse a olisquear debajo de la alfombra de la literatura y odia toda referencia a sí mismo y a su heterónimo SC en cualquier película que se estrene en Navidad o alrededores; guarda su entusiasmo para las secuelas de la saga de Star Wars. SC, o PN, también odia – u odian – la multiplicación que ocurre con su persona entrado el mes de diciembre y piensa – o piensan – que el heresiarca de Uqbar estaba en lo cierto al sentenciar que la cópula y los espejos son abominables pues multiplican el número de los hombres; se hace necesario incluir las navidades en la sentencia, por lo menos en lo que a él – o ellos – respecta. Puestos a pensar una solución para el desaguisado (en esto funcionan al unísono), urden un plan temerario y, por lo tanto, factible: destruir todas las copias apócrifas de SC y su doble PN. La ejecución parece requerir sobre todo de una planificación cuidadosa y de una logística aceitada. Sin otras opciones disponibles comparten su plan con un modesto rebaño de renos árticos en los cuales confían gracias a su capacidad de visión extendida al ultravioleta próximo, algo de lo que se enteran gracias a Wikipedia. Se lanzan a un raid planetario de destrucción masiva de impostores, aquejados por la culpa de cargarse con imitadores con seguridad inocentes. Por prevención evitan compartir cualquier imagen o comentario en las redes sociales pues no se trata de alardear sino de poner las cosas en su lugar. Descartan, en algún momento de la ejecución, la contratación de sicarios o mercenarios como ayuda pues comprenden que en la vida hay empresas que deben hacerse en solitario, y ésta es una de ellas. Para mediados de mes el progreso es notorio; sin embargo, y siempre hay un sin embargo, advierten que fallaron en prever la consecuencia evidente de sus acciones: el engranaje navideño no se amedrenta con matanzas o desapariciones y genera copias de copias con la velocidad apropiada para mantener el espectáculo. El trabajo, entonces, se multiplica y la planificación se sale de cauce, deben aumentar el ritmo de exterminio si es que quieren cumplir con su cometido. La siguiente semana es frenética, agotadora, y aun así la meta se hace cada vez más inalcanzable; como hongos se multiplican los impostores, salen de lugares no imaginados. Un periódico de los Estados Unidos se hace eco de la situación y llama a sus lectores a combatir tamaña insolencia, los insta a resistir disfrazándose de copia; el llamamiento es replicado por miles de publicaciones en cada rincón del mundo y en un santiamén las calles se llenan de imitadores. PN y SC advierten que su plan se ha complicado en demasía y convocan a una reunión de urgencia con los renos para rediseñar la estrategia de implementación. La solución, la única, es audaz y heroica, pero también inexorable: eliminar el original. Debaten si es necesario hacerlo con ambos o sólo uno de ellos, pero la discusión es baladí: cualquiera sea el original, con él se marcha el heterónimo. Esta vez deciden que la noticia debe ser difundida con amplitud y proceden a abrir cuentas en cuanta red social esté disponible. Llegada la hora optan por hacer un brindis final con una bebida cola, que toman de un largo sorbo. Segundos después SC y PN, PN y SC se eliminan entre sí. Afuera, los imitadores, las copias de las copias, los impostores continúan con su rutina habitual, comprando regalos y prometiendo a los niños que en Navidad, PN o SC vendrán a dejarlos al pie de los árboles plagados de luces que titilan.

viernes, 28 de octubre de 2011

Divagaciones de un nictálope - Acerca de Deforme, de Juan Marcos Almada -




Todos los personajes de los cuentos del libro de Juan Marcos Almada "Deforme" son aterradores. Lo son porque en todos es posible reconocerse. Esa abigarrada colección de engendros que también generan piedad son imágenes de pesadilla de lo que cada uno es o ha sido sin ser un calco exacto (si esto fuera así, sería irresistible continuar con la lectura).
El hilo conductor se repite de uno a otro cuento sin ser repetitivo. Seres aparentamente deshauciados, losers, marginales de un mundo cuya fuerza centrípeta es generar escoria, desangelados, agrios. Pero también ubicados en una resistencia meritoria que los exime en el límite de que puedan ser considerados para el descarte liso y llano. En esto tiene que ver, y mucho, la prosa de Marcos, que encanta por el virtuosismo de las palabras que anuda poniendo a la par sustantivos que no se encuentran con ninguna frecuencia en los libros que se frecuentan junto a otros que salen de la viviencia más a tierra de la comunicación 2.0 de esta sociedad.
Desgarra leer las vidas y obras de gente común por lo infrecuente de sus derroteros, cuyos curriculum vitae están destinados en apariencia a terminar en el relleno sanitario que uno tenga más a mano pero que a poco de avanzar en las diagonales de sus vidas cobran sentido como imágenes especulares de tantas cosas que le han pasado a uno, o que sabe de oidas de gente que conoce, o que imagina o sueña en pesadillas bañadas por la humedad del verano en Buenos Aires.
Los deformes de Marcos son criaturas de las que se tiene piedad una vez sorteado el umbral de la repulsión o, lo que es infinitamente peor, de la pena. Todos razonan de manera correcta, son conscientes de su humanidad y de las desventuras que eso encierra, y sus historias los transforman en héroes seguramente involuntarios pero héroes al fin, que trabajan y luchan por redimirse y que ante la ausencia de una redención probable o posible se trasmutan en hombres y mujeres contundentes.
Nada de esto sería posible si las letras que encaja Marcos en cada párrafo no tuvieran también esa contundencia. Sus personajes y su prosa no vacila, van ahí donde saben que deben ir, al hueso, al callo de la cuestión, se meten en los andurriales que casi nadie quiere transitar; son provocadores sin querer serlo, no buscan escupirle el ojo a nadie - por lo menos a sabiendas - ni quieren erigirse en nada de lo que no son. Por eso, la prosa de Marcos es letal.
Tengo la convicción de que los escritores buscan - ¿buscamos? - que los personajes perduren porque tienen la dimensión de ser metáfora de las personas que pasan caminando por la calle. No porque ellos y ellas sean reales o las historias lo sean, sino porque se leen como quien lee un periódico o como quien escucha los comadreos de las vecinas de la esquina. Para eso no hace falta ser real, hace falta hacerse cargo de la situación y poner el pecho a las balas.
En el fondo, esté este más cerca o más lejos de la piel, la realidad es un conjunto de equivocaciones que asumimos entre todos como una creación colectiva.

jueves, 21 de julio de 2011

La intolerancia de las diferencias




Uno de los rasgos característicos de Argentina, en el último tiempo exacerbado hasta el cansancio, es la intolerancia. Nosotros, un país que se forjó en base a las intolerancias del pasado independentista y que llevó buena parte de su historia para intentar superar esas divisiones, también es lo que es gracias a que recibió a millares de personas, inmigrantes y por ende diferentes, que buscaron nuevas oportunidades en una tierra lejana. Y así como aprendimos a convivr con lo distinto nunca conseguimos sacarnos del todo cierta intolerancia hacia aquellas cosas que sacaban a la realidad de los cánones que se esperaban. Pero esas esperanzas se multiplicaban y multiplican en cada cual que alberga la esperanza, con lo que esos cánones igualan en número a las personas que las tienen. En dos palabras, la realidad colectiva es una construcción individual que, según se puede ver, flaco favor le hace a la convivencia.
Desde hace un tiempo, la intolerancia a las diferencias ha comenzado a tener nombres y apellidos, adjetivos, sinónimos y etiquetas. Nos hemos vuelto una sociedad de personas que repelen a aquello o aquél que no está en línea con nuestra apreciación de la realidad. Y así es como asistimos a la descalificación personal y colectiva por el mero hecho de pensar y actuar diferente.
Un ejemplo de ello es el meneado "asco" de Fito Páez a los ciudadanos de Buenos Aires que eligieron por amplia mayoría a Mauricio Macri como jefe de gobierno de Buenos Aires, en la primera vuelta electoral. Esas declaraciones reavivaron el fuego de las diferencias y de las intolerancias con la pésima herramienta de la descalificación por el mero hecho de expresar una preferencia. Que puede ser - y obviamente es - una preferencia que está en las antípodas de las preferencias de Páez, pero que no por ello debería generar un malestar revulsivo.
También se expresó en similares términos el señor Braga Menéndez, publicista y seguidor del modelo kirchenrista, al tildar al electorado porteño de veleidoso y gataflorístico, entre otros calificativos por el estilo, además de sentenciar que en el electorado porteño de clase media está arraigado y es violento el desprecio por los sectores populares. Y agregó que el pueblo sería poco inteligente (sic) si interrumpe el proceso kirchnerista.
Del otro lado, los intelectuales K reunidos en Carta Abierta, fustigaron de manera radical a Daniel Filmus, candidato a jefe de gobierno por el kirchnerismo, al programa oficialista 678 y también a Fito Páez. Y como frutilla del postre, la Presidenta fustigó a Santa Fé en la cara del gobernador de la provincia, que luego le respondió al día siguiente. Y Eduardo Duhalde, candidato a presidente, descalificó a los militantes y añoradores del setentismo con un lacónico y lacerante "pelotudos".
Y así se suceden las cosas en este país, en el cual cada vez con mayor asiduidad se emplea el vetusto y discriminador mote de "gorila" acuñado en la época del primer peronismo para descalificar a todo aquel que no está en sintonía con lo que el gobierno nacional hace, piensa, decide o manda.
Pero también está en el aire la descalificación de las diferencias en las pequeñas cosas cotidianas, desde la manera de vestirse, hablar, elegir, optar y comportarse. Nos hemos transformado todos en elementos de intolerancia hacia lo otro como una forma de defender lo que pensamos a como de lugar.
Es triste asistir a la degradación de la vida en sociedad que está acontenciendo en Argentina. Es triste y peligroso. Es tristísimo asistir a la matanza de los pluralismos, a la degradación de las diferencias y a la muerte de los terrenos de diálogo. Tensar las cuerdas en un país como éste no augura nada bueno, porque la historia nos ha dado sobradas muestras de que estos caminos solo conducen a peores destinos.

viernes, 13 de mayo de 2011

Anwar Fazal y el rescate de las ideologías



Pongámoslo de este modo: la herencia más lacerante del Consenso de Washington ha sido, creo, el haber vaciado de ideología a América Latina. Digo, no contentos con habernos vendido los nuevos espejitos de colores en forma de fórmulas infalibles de intercambios comerciales que darían como resultado un aparente bienestar para todos, la triquiñuela del ALCA, la supuesta consecuencia implícita a todo ello de un estado de felicidad perdurable, lo que se plantó con más ahínco fue el discurso de que las ideologías eran un estólido conjunto de supercherías idealistas que debía ser extirpado de las cabezas si es que se quería ingresar en una nueva dimensión compuesta por un mundo globalizado que lo que en realidad requería era de pensar en negocios en lugar de desarrollos, en planes personales en lugar de avances colectivos, en fin, crear la ilusión de una Disneylandia perpetua a ser implantada de prepo en las intrincadas realidades de nuestros países.

Si ese era uno de los objetivos, vaya si se logró. Los 90 tal vez puedan ser recordados como la época de la esterilización de la conciencia, o, por lo menos, del intento de esterilizarla. En mi opinión, ese objetivo está palmariamente cumplido a pesar de que en los últimos tiempos existen en América Latina algunos intentos de recuperar el terreno pero, estoy convencido, esos esfuerzos están siendo hechos – con alguna mínima excepción – de una manera que flaco favor le hace a lo que se quiere recuperar. O sea, el fin nunca justifica los medios.

Ahora, ¿qué tiene que ver Anwar Fazal con todo esto? Y ¿quién es Anwar Fazal?

Anwar Fazal no tiene ni pizca de relación con el Consenso de Washington ni con las políticas de los países latinoamericanos. Es un profesor malayo que en su haber cuenta como hoja de vida el ser una de las personas que más experiencia tiene en temas de protección del consumidor. Fue presidente de Consumers International, la federación mundial de organizaciones de consumidores cuando aún se la conocía como IOCU (International Organization of Consumer Unions) [Digresión al margen y encorchetada: ¿qué hizo que el nombre, que contenía la palabra “unions”, que puede traducirse como uniones o sindicatos, haya prescindido de este concepto tan potente? Prefiero no analizar esto…]. Fue además, el director de la oficina regional para Asia y el Pacífico de esta organización y, vaya, quien introdujo la visión del mundo en desarrollo, allá por fines de los 70 y los 80, en un movimiento que tenía una mirada no tan así.

Anwar Fazal fue una de las personas que cerró el 19ª Congreso Mundial de Consumidores de Consumers International que acaba de finalizar en Hong Kong. Allí, por casi una hora, habló a los participantes de ideología. Cosa rara en estos días, cosa rara para los oídos de muchos de los que estábamos presentes en esa sala y que, tal vez como me pasó a mí, el tiempo se nos pasó volando.

Imposible resumir sus palabras sin cometer el crimen de olvidar partes sustanciales. Por eso, prefiero escribir sobre el impacto de su mensaje. En mi, obvio.

Es imposible construir nada si eso que hacemos no tiene un norte, no tiene una verdadera razón de ser o un sustento. Y ese sustento es, o debe ser, el de una ideología militante. Ideología en el sentido de un discurso arraigado en ideas pero también en pasiones y convicciones; ideología en el sentido de un conjunto de premisas esenciales con las cuales o en torno a las cuales no es posible ser tibio o ser ambivalente porque es en la esencialidad en donde radica su lógica y su construcción; ideología, al fin y al cabo y sin muchas más vueltas, en el sentido de un lugar de pertenencia, de ubicación de la mirada y del corazón y de la cabeza, de afirmación de valores que para uno son importantes. Y militancia en el sentido de la consecuencia en el uso y la diseminación de esa ideología, lo que significa ser portavoz de lo que se quiere comunicar y hacer valer.

Para muchos, estas dos palabras, ideología y militancia, quizás sean candidatas sensibles a ser retiradas del diccionario de la lengua por falta de uso. Eso es parte de los resabios del Consenso de Washington.

Pero no están ni deberían estar en desuso.

Fazal enmarcó a la ideología militante dentro de un contexto de felicidad. ¿Cómo? ¿De felicidad? De felicidad. El sustrato de esta afirmación radica en una noción de hedonismo amplio, en el sentido de realizar esas tareas o misiones que uno tiene designadas en la vida con la conciencia de hacerlas porque a uno le gusta hacerlo, porque se siente completo, a sus anchas, henchido el pecho por una satisfacción trascendente. Contento, señor, contento, como decía algún santo de por ahí. Pero también, y ahí radica me parece el acierto mayor de su análisis, porque haciendo cosas que nos hacen felices es como se genera felicidad para otros. No es desde los dientes apretados ni la rabia desatada desde donde las semillas pueden transformarse en algo más que semillas. Crear felicidad es crear bienestar, es darle a cada uno lo suyo en un contexto en donde no deben escatimarse la solidaridad y la ayuda. Los fundamentalistas del individualismo tendrán, con toda seguridad, una miríada de argumentos para revertir la afirmación inmediatamente anterior pero no me importa. No está probado – ni creo que llegue a probarse – el teorema que postula que la mejora de una sociedad puede conseguirse con la suma de los actos individuales solamente.

Anwar Fazal habló en un tono medido y cordial, y por eso su mensaje fue más pasional que el de una verba inflamada, porque estaba sustentado no en el volumen de la voz sino en la convicción de las ideas. Me colocó a mi en un lugar en el que hacía tiempo no estaba: el de saberme capaz de arropar una idea, transformarla en ideología, militar por ella y de esa manera intentar dar felicidad a las personas. Casi nada.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Una presentación alejada



Las cámaras fotográficas pueden tomar fotografías fuera de foco y, aún así, poseer la belleza de la instantánea; y es que, no siempre lo nítido es sinónimo de lo real, lo cierto, lo correcto.

La vida puede descomponerse a través de prismas que desintegren las apariencias, que dejen entrever aquello que no está dicho, o expresado, o manifiesto. La vida es un fenómeno que, en sí misma, está fuera de contexto porque depende de tantas variables que no manejamos que es imposible querer o creer que podemos asirla con fuerza.

Este blog será una metáfora de la vida, aún cuando la intención suene grandilocuente o a pesar de que se trate de una tarea imposible. La idea es ver la realidad desde afuera, desde otros ángulos, desde perspectivas que se alejen de las líneas demarcadas, del deber ser, de lo políticamente correcto. Porque, ¿no es verdad que todos, en algún momento de nuestras vidas, deseamos mover la línea del lugar por donde se supone que debe pasar? ¿No es cierto que más de una vez quisiéramos hacer o decir eso que se supone no deberíamos?

Tomar las cosas fuera de contexto es darles una nueva significación, desmenuzarlas como si tuviéramos un escalpelo intelectual que nos permite sacar a la luz lo que ellas tenían de escondido, de oculto.

Lo fuera de contexto puede ser bizarro, inesperado, ridículo o, simplemente, lo que se piensa pero no se dice.

Así como las fotografías de descarte tienen su encanto, este blog pretende ser un conjunto de fotografías movidas, desenfocadas, con tan poca nitidez que, tal vez, cumplan con el objetivo de mostrar lo que realmente importa de las cosas.

Tarea ímproba, tarea difícil, tarea seductora si las hay.