viernes, 28 de octubre de 2011
Divagaciones de un nictálope - Acerca de Deforme, de Juan Marcos Almada -
Todos los personajes de los cuentos del libro de Juan Marcos Almada "Deforme" son aterradores. Lo son porque en todos es posible reconocerse. Esa abigarrada colección de engendros que también generan piedad son imágenes de pesadilla de lo que cada uno es o ha sido sin ser un calco exacto (si esto fuera así, sería irresistible continuar con la lectura).
El hilo conductor se repite de uno a otro cuento sin ser repetitivo. Seres aparentamente deshauciados, losers, marginales de un mundo cuya fuerza centrípeta es generar escoria, desangelados, agrios. Pero también ubicados en una resistencia meritoria que los exime en el límite de que puedan ser considerados para el descarte liso y llano. En esto tiene que ver, y mucho, la prosa de Marcos, que encanta por el virtuosismo de las palabras que anuda poniendo a la par sustantivos que no se encuentran con ninguna frecuencia en los libros que se frecuentan junto a otros que salen de la viviencia más a tierra de la comunicación 2.0 de esta sociedad.
Desgarra leer las vidas y obras de gente común por lo infrecuente de sus derroteros, cuyos curriculum vitae están destinados en apariencia a terminar en el relleno sanitario que uno tenga más a mano pero que a poco de avanzar en las diagonales de sus vidas cobran sentido como imágenes especulares de tantas cosas que le han pasado a uno, o que sabe de oidas de gente que conoce, o que imagina o sueña en pesadillas bañadas por la humedad del verano en Buenos Aires.
Los deformes de Marcos son criaturas de las que se tiene piedad una vez sorteado el umbral de la repulsión o, lo que es infinitamente peor, de la pena. Todos razonan de manera correcta, son conscientes de su humanidad y de las desventuras que eso encierra, y sus historias los transforman en héroes seguramente involuntarios pero héroes al fin, que trabajan y luchan por redimirse y que ante la ausencia de una redención probable o posible se trasmutan en hombres y mujeres contundentes.
Nada de esto sería posible si las letras que encaja Marcos en cada párrafo no tuvieran también esa contundencia. Sus personajes y su prosa no vacila, van ahí donde saben que deben ir, al hueso, al callo de la cuestión, se meten en los andurriales que casi nadie quiere transitar; son provocadores sin querer serlo, no buscan escupirle el ojo a nadie - por lo menos a sabiendas - ni quieren erigirse en nada de lo que no son. Por eso, la prosa de Marcos es letal.
Tengo la convicción de que los escritores buscan - ¿buscamos? - que los personajes perduren porque tienen la dimensión de ser metáfora de las personas que pasan caminando por la calle. No porque ellos y ellas sean reales o las historias lo sean, sino porque se leen como quien lee un periódico o como quien escucha los comadreos de las vecinas de la esquina. Para eso no hace falta ser real, hace falta hacerse cargo de la situación y poner el pecho a las balas.
En el fondo, esté este más cerca o más lejos de la piel, la realidad es un conjunto de equivocaciones que asumimos entre todos como una creación colectiva.
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