jueves, 21 de julio de 2011

La intolerancia de las diferencias




Uno de los rasgos característicos de Argentina, en el último tiempo exacerbado hasta el cansancio, es la intolerancia. Nosotros, un país que se forjó en base a las intolerancias del pasado independentista y que llevó buena parte de su historia para intentar superar esas divisiones, también es lo que es gracias a que recibió a millares de personas, inmigrantes y por ende diferentes, que buscaron nuevas oportunidades en una tierra lejana. Y así como aprendimos a convivr con lo distinto nunca conseguimos sacarnos del todo cierta intolerancia hacia aquellas cosas que sacaban a la realidad de los cánones que se esperaban. Pero esas esperanzas se multiplicaban y multiplican en cada cual que alberga la esperanza, con lo que esos cánones igualan en número a las personas que las tienen. En dos palabras, la realidad colectiva es una construcción individual que, según se puede ver, flaco favor le hace a la convivencia.
Desde hace un tiempo, la intolerancia a las diferencias ha comenzado a tener nombres y apellidos, adjetivos, sinónimos y etiquetas. Nos hemos vuelto una sociedad de personas que repelen a aquello o aquél que no está en línea con nuestra apreciación de la realidad. Y así es como asistimos a la descalificación personal y colectiva por el mero hecho de pensar y actuar diferente.
Un ejemplo de ello es el meneado "asco" de Fito Páez a los ciudadanos de Buenos Aires que eligieron por amplia mayoría a Mauricio Macri como jefe de gobierno de Buenos Aires, en la primera vuelta electoral. Esas declaraciones reavivaron el fuego de las diferencias y de las intolerancias con la pésima herramienta de la descalificación por el mero hecho de expresar una preferencia. Que puede ser - y obviamente es - una preferencia que está en las antípodas de las preferencias de Páez, pero que no por ello debería generar un malestar revulsivo.
También se expresó en similares términos el señor Braga Menéndez, publicista y seguidor del modelo kirchenrista, al tildar al electorado porteño de veleidoso y gataflorístico, entre otros calificativos por el estilo, además de sentenciar que en el electorado porteño de clase media está arraigado y es violento el desprecio por los sectores populares. Y agregó que el pueblo sería poco inteligente (sic) si interrumpe el proceso kirchnerista.
Del otro lado, los intelectuales K reunidos en Carta Abierta, fustigaron de manera radical a Daniel Filmus, candidato a jefe de gobierno por el kirchnerismo, al programa oficialista 678 y también a Fito Páez. Y como frutilla del postre, la Presidenta fustigó a Santa Fé en la cara del gobernador de la provincia, que luego le respondió al día siguiente. Y Eduardo Duhalde, candidato a presidente, descalificó a los militantes y añoradores del setentismo con un lacónico y lacerante "pelotudos".
Y así se suceden las cosas en este país, en el cual cada vez con mayor asiduidad se emplea el vetusto y discriminador mote de "gorila" acuñado en la época del primer peronismo para descalificar a todo aquel que no está en sintonía con lo que el gobierno nacional hace, piensa, decide o manda.
Pero también está en el aire la descalificación de las diferencias en las pequeñas cosas cotidianas, desde la manera de vestirse, hablar, elegir, optar y comportarse. Nos hemos transformado todos en elementos de intolerancia hacia lo otro como una forma de defender lo que pensamos a como de lugar.
Es triste asistir a la degradación de la vida en sociedad que está acontenciendo en Argentina. Es triste y peligroso. Es tristísimo asistir a la matanza de los pluralismos, a la degradación de las diferencias y a la muerte de los terrenos de diálogo. Tensar las cuerdas en un país como éste no augura nada bueno, porque la historia nos ha dado sobradas muestras de que estos caminos solo conducen a peores destinos.