viernes, 13 de mayo de 2011

Anwar Fazal y el rescate de las ideologías



Pongámoslo de este modo: la herencia más lacerante del Consenso de Washington ha sido, creo, el haber vaciado de ideología a América Latina. Digo, no contentos con habernos vendido los nuevos espejitos de colores en forma de fórmulas infalibles de intercambios comerciales que darían como resultado un aparente bienestar para todos, la triquiñuela del ALCA, la supuesta consecuencia implícita a todo ello de un estado de felicidad perdurable, lo que se plantó con más ahínco fue el discurso de que las ideologías eran un estólido conjunto de supercherías idealistas que debía ser extirpado de las cabezas si es que se quería ingresar en una nueva dimensión compuesta por un mundo globalizado que lo que en realidad requería era de pensar en negocios en lugar de desarrollos, en planes personales en lugar de avances colectivos, en fin, crear la ilusión de una Disneylandia perpetua a ser implantada de prepo en las intrincadas realidades de nuestros países.

Si ese era uno de los objetivos, vaya si se logró. Los 90 tal vez puedan ser recordados como la época de la esterilización de la conciencia, o, por lo menos, del intento de esterilizarla. En mi opinión, ese objetivo está palmariamente cumplido a pesar de que en los últimos tiempos existen en América Latina algunos intentos de recuperar el terreno pero, estoy convencido, esos esfuerzos están siendo hechos – con alguna mínima excepción – de una manera que flaco favor le hace a lo que se quiere recuperar. O sea, el fin nunca justifica los medios.

Ahora, ¿qué tiene que ver Anwar Fazal con todo esto? Y ¿quién es Anwar Fazal?

Anwar Fazal no tiene ni pizca de relación con el Consenso de Washington ni con las políticas de los países latinoamericanos. Es un profesor malayo que en su haber cuenta como hoja de vida el ser una de las personas que más experiencia tiene en temas de protección del consumidor. Fue presidente de Consumers International, la federación mundial de organizaciones de consumidores cuando aún se la conocía como IOCU (International Organization of Consumer Unions) [Digresión al margen y encorchetada: ¿qué hizo que el nombre, que contenía la palabra “unions”, que puede traducirse como uniones o sindicatos, haya prescindido de este concepto tan potente? Prefiero no analizar esto…]. Fue además, el director de la oficina regional para Asia y el Pacífico de esta organización y, vaya, quien introdujo la visión del mundo en desarrollo, allá por fines de los 70 y los 80, en un movimiento que tenía una mirada no tan así.

Anwar Fazal fue una de las personas que cerró el 19ª Congreso Mundial de Consumidores de Consumers International que acaba de finalizar en Hong Kong. Allí, por casi una hora, habló a los participantes de ideología. Cosa rara en estos días, cosa rara para los oídos de muchos de los que estábamos presentes en esa sala y que, tal vez como me pasó a mí, el tiempo se nos pasó volando.

Imposible resumir sus palabras sin cometer el crimen de olvidar partes sustanciales. Por eso, prefiero escribir sobre el impacto de su mensaje. En mi, obvio.

Es imposible construir nada si eso que hacemos no tiene un norte, no tiene una verdadera razón de ser o un sustento. Y ese sustento es, o debe ser, el de una ideología militante. Ideología en el sentido de un discurso arraigado en ideas pero también en pasiones y convicciones; ideología en el sentido de un conjunto de premisas esenciales con las cuales o en torno a las cuales no es posible ser tibio o ser ambivalente porque es en la esencialidad en donde radica su lógica y su construcción; ideología, al fin y al cabo y sin muchas más vueltas, en el sentido de un lugar de pertenencia, de ubicación de la mirada y del corazón y de la cabeza, de afirmación de valores que para uno son importantes. Y militancia en el sentido de la consecuencia en el uso y la diseminación de esa ideología, lo que significa ser portavoz de lo que se quiere comunicar y hacer valer.

Para muchos, estas dos palabras, ideología y militancia, quizás sean candidatas sensibles a ser retiradas del diccionario de la lengua por falta de uso. Eso es parte de los resabios del Consenso de Washington.

Pero no están ni deberían estar en desuso.

Fazal enmarcó a la ideología militante dentro de un contexto de felicidad. ¿Cómo? ¿De felicidad? De felicidad. El sustrato de esta afirmación radica en una noción de hedonismo amplio, en el sentido de realizar esas tareas o misiones que uno tiene designadas en la vida con la conciencia de hacerlas porque a uno le gusta hacerlo, porque se siente completo, a sus anchas, henchido el pecho por una satisfacción trascendente. Contento, señor, contento, como decía algún santo de por ahí. Pero también, y ahí radica me parece el acierto mayor de su análisis, porque haciendo cosas que nos hacen felices es como se genera felicidad para otros. No es desde los dientes apretados ni la rabia desatada desde donde las semillas pueden transformarse en algo más que semillas. Crear felicidad es crear bienestar, es darle a cada uno lo suyo en un contexto en donde no deben escatimarse la solidaridad y la ayuda. Los fundamentalistas del individualismo tendrán, con toda seguridad, una miríada de argumentos para revertir la afirmación inmediatamente anterior pero no me importa. No está probado – ni creo que llegue a probarse – el teorema que postula que la mejora de una sociedad puede conseguirse con la suma de los actos individuales solamente.

Anwar Fazal habló en un tono medido y cordial, y por eso su mensaje fue más pasional que el de una verba inflamada, porque estaba sustentado no en el volumen de la voz sino en la convicción de las ideas. Me colocó a mi en un lugar en el que hacía tiempo no estaba: el de saberme capaz de arropar una idea, transformarla en ideología, militar por ella y de esa manera intentar dar felicidad a las personas. Casi nada.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Una presentación alejada



Las cámaras fotográficas pueden tomar fotografías fuera de foco y, aún así, poseer la belleza de la instantánea; y es que, no siempre lo nítido es sinónimo de lo real, lo cierto, lo correcto.

La vida puede descomponerse a través de prismas que desintegren las apariencias, que dejen entrever aquello que no está dicho, o expresado, o manifiesto. La vida es un fenómeno que, en sí misma, está fuera de contexto porque depende de tantas variables que no manejamos que es imposible querer o creer que podemos asirla con fuerza.

Este blog será una metáfora de la vida, aún cuando la intención suene grandilocuente o a pesar de que se trate de una tarea imposible. La idea es ver la realidad desde afuera, desde otros ángulos, desde perspectivas que se alejen de las líneas demarcadas, del deber ser, de lo políticamente correcto. Porque, ¿no es verdad que todos, en algún momento de nuestras vidas, deseamos mover la línea del lugar por donde se supone que debe pasar? ¿No es cierto que más de una vez quisiéramos hacer o decir eso que se supone no deberíamos?

Tomar las cosas fuera de contexto es darles una nueva significación, desmenuzarlas como si tuviéramos un escalpelo intelectual que nos permite sacar a la luz lo que ellas tenían de escondido, de oculto.

Lo fuera de contexto puede ser bizarro, inesperado, ridículo o, simplemente, lo que se piensa pero no se dice.

Así como las fotografías de descarte tienen su encanto, este blog pretende ser un conjunto de fotografías movidas, desenfocadas, con tan poca nitidez que, tal vez, cumplan con el objetivo de mostrar lo que realmente importa de las cosas.

Tarea ímproba, tarea difícil, tarea seductora si las hay.